Por muy corta que sea la vida quien pisa fuerte, deja huella.

lunes, 27 de mayo de 2013

Cierras los ojos y le ves. Sueltas un pequeño gruñido inaudible para cualquiera que te esté prestando atención. Sigues escuchando la maldita canción y algo en ti te hace sentir un enfado increíble. Te enfadas, tienes ganas de gritar, de darle golpes aún sabiendo que no le vas hacer daño. Te repites mil veces lo mucho que le odias. No le soportas. ¿cómo te puede soltar eso así? Suspiras e intentas concentrarte en el libro que tienes delante pero no puedes. No puedes intentar concentrarte si siguen con la maldita música. Te levantas y vas a dejar el libro al armario. Te pones los cascos y optas por escuchar música en inglés para no preocuparte mucho de la letra. Te das cuenta de que no tienes tu colgante y tienes que volver a casa. Genial. El día no podía ser mejor. Estás sola por la calle pero eso no te importa. Te preguntas como puede ser tan estúpido y sin darte cuenta vas más rápido de lo habitual. Suspiras y caminas más rápido. Decides aflojar el ritmo y tranquilizarte. Observas un árbol que no te suena haberlo visto antes. Estas confusa. ¿Dónde estás? Te has vuelto a perder. Admites en bajo que el sentido de la orientación no lo tienes. Te quedas quieta examinando todo lo que te rodea. Menudo día que llevas. Piensas en darte la vuelta y volver, pero no sabes por donde has llegado hasta ahí. Oyes tú nombre lejos. Una voz ronca que siempre reconocerías. Te preguntas que querrá y cómo te ha encontrado. Otro suspiro. Pero le ignoras. "Fea" Y entonces te giras y tienes la sensación de que si las miradas matasen ahora mismo le fulminas. "¿Qué quieres ahora imbécil?" Sólo dices eso. Entonces el se ríe y te mira divertido. Que cansada estás de él. No le soportas. ¿Por qué siempre tiene que aparecer en el momento más oportuno? Y él sólo se limita a decirte que porqué le sigues. Tienes ganas de matarlo, ¿cómo te puede sacar de quicio tan rápido? Le contestas con una evasiva y le dices que te vas a casa. Más risas. Dios, ahora mismo quieres hasta asfisiarle. Es demasiado odioso. Te giras y comienzas a caminar. Pero notas como te sigue. Esto no puede ser verdad. Le dices que hacer si no hay otra persona a la que le pueda aburrir un rato y olvidarse de ella. Pero tú, encima de todo lo que está pasando, te caes y no te puedes levantar. No tardas en sentir el contacto de sus manos ayudándote a levantarte del suelo. Ahora mismo desearías que la tierra te tragase. Encima no puedes andar, te duele mucho el pie y te sangra la rodilla. Sangre, más sangre. Piensas que te vas a caer redonda. No soportas ver sangre y te mareas. Él te coge en brazos y por primera vez ves que se está preocupando por ti. Para colmo te has bebido un par de cervezas, o alguna más y todo te da vueltas. Todo se desvanece. Y él te lleva a su casa, lo sabes porque tienes los ojos entre abiertos y reconoces la voz de su padre. Y ahí estás tú, en su casa, agarrada al cuello de su hijo con la mayor fuerza del mundo y muerta de miedo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario